sábado, 14 de diciembre de 2013

Verdadero

Me muevo con el humo del incienso. Los sentimientos se mueven ágiles a través de la cálida tarde. El sol acoge mis pesares y los devuelve al viento, haciéndolos fluir. Mastico cuidadosamente las lentejas calientes, y el vapor sale por mi boca. Las pistas de música varían, trayéndome sensaciones también variadas. 

Me he imaginado en algún desierto repleto de soledad y silencio, o bueno, sólo con el sonido de la madre artística, la madre tierra. Puedo sentir que por alguna razón extraña he querido llorar. Tomo un sorbo de agua y continúo con el viaje. El viento me sopla enojado pero, yo le respondo con los brazos abiertos, dejándolo entrar en mis axilas, mi cara, mi entrepierna, absolutamente todo mi cuerpo agradece la visita del viento. La tierra se levanta contra mi presencia, y me mira a los ojos, me he asustado un poco, su cara es desafiante. De inmediato su mano toca mi pera y la levanta hacia los cielos, me apunta hacia los cielos y confundido trato de mirar, desconfiado trato de descifrar el mensaje. 

La tierra calma, se deposita en sus orígenes, se deja llevar con la ayuda de su hermano viento. Nuevamente siento que debo llorar pero, no puedo. He descubierto que he muerto en los desiertos y mi cuerpo putrefacto se ha fundido por tierra, aire y cielo.

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